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Artemis II: el ensayo general antes de volver a la Luna

18/02/2026
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Artemis II

Hay un momento en el que las misiones espaciales dejan de ser proyectos y se convierten en hardware real esperando en una rampa de lanzamiento. Artemis II acaba de cruzar esa línea. El cohete Space Launch System (SLS) con la nave Orion completó su traslado hasta la rampa 39B del Kennedy Space Center el pasado 17 de enero, doce horas de movimiento lento para recorrer 6,5 kilómetros. No es todavía el lanzamiento, ni siquiera una fecha confirmada, pero sí el punto donde todo lo diseñado durante años tiene que demostrar que funciona.

La misión está programada para despegar con 4 astronautas, no antes del 6 de marzo de 2026, aunque esa fecha depende del Wet Dress Rehearsal que viene ahora. Es el ensayo que condiciona todo lo demás: cargar propelentes criogénicos, ejecutar una cuenta atrás completa, practicar la retirada del combustible sin tripulación a bordo. La cuenta atrás se detendrá justo antes del despegue simulado. Si algo falla aquí, el cohete puede volver al Vehicle Assembly Building para trabajo adicional, con el impacto en calendario que eso implica.

Mientras tanto, el trabajo en la rampa avanza en paralelo. Los equipos han conectado líneas de purga, habilitado comunicaciones con el Launch Control Center, probado el brazo de acceso a la tripulación, conectado el sistema de evacuación de emergencia. Han encendido Orion y varios elementos del SLS para verificar respuesta en el entorno de lanzamiento. Son tareas técnicas, poco vistosas, pero críticas.

Un perfil conservador que no lo es

Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen van a volar un perfil que sobre el papel parece sencillo: dos órbitas terrestres, impulso translunar, sobrevuelo de la cara oculta de la Luna a 7.400 kilómetros de distancia, vuelta a casa aprovechando la gravedad. Diez días de misión. Ningún alunizaje. Pero detrás de esa simplicidad hay una complejidad técnica considerable.

La primera órbita será elíptica, entre 185 y 2.250 kilómetros de altitud. Noventa minutos para confirmar que Orion responde. La segunda órbita los llevará hasta 74.000 kilómetros, unas 23,5 horas volando más alto que nadie en más de cincuenta años. Durante ese tiempo tienen que verificar que los sistemas de soporte vital funcionan en condiciones extremas: cuando la tripulación hace ejercicio y el metabolismo se dispara, cuando duermen y el sistema opera en mínimos. Las diferencias de carga metabólica son significativas y el sistema tiene que responder a todas.

En algún punto de esa segunda órbita, Orion saldrá del alcance de GPS y de los satélites TDRS. Houston tendrá que confiar en la Deep Space Network para comunicaciones. Es una verificación temprana pero necesaria: si no funciona aquí, no tiene sentido seguir hacia la Luna.

Maniobras manuales sin red

Después de separarse de la etapa superior, la tripulación tomará control manual de Orion y usará esa etapa gastada como objetivo para maniobras de proximidad. Los controladores en Houston monitorizarán mientras los astronautas pilotan la nave, prueban su respuesta, evalúan el manejo. No es un ejercicio académico. La siguiente misión, Artemis III, va a requerir acoplamiento con Starship HLS en órbita lunar. Sin GPS, sin red de posicionamiento confiable. Los astronautas necesitan sentir cómo responde la nave, calibrar su criterio contra las cámaras y las ventanas. Ese conocimiento no se obtiene en simuladores terrestres, y es por ello que Artemis I y Artemis II son misiones imprescindibles para el desarrollo de la presencia humana estable en la Luna y más allá.

Estas operaciones de encuentro en cislunar son de lo más complejo técnicamente del programa. El futuro promete hacerlas más manejables. La ESA está desarrollando sistemas de navegación específicos para el entorno lunar como es MoonLight, y en paralelo impulsa LEO-PNT (CELESTE), una constelación en órbita baja que complementará a Galileo con mejor precisión y robustez de señal. GMV participa en el primero y lidera uno de los dos consorcios industriales del segundo desarrollando esta tecnología, con el primer satélite demostrador previsto para volar en breve en este 2026. Cuando estos sistemas estén operativos, las maniobras de acoplamiento dejarán de depender tanto del criterio humano bajo presión. Pero en 2026, los astronautas de Artemis II tendrán que hacerlo manualmente.

Christina Koch será la primera mujer en orbitar la Luna. Victor Glover, el primer afroamericano. Jeremy Hansen representa a Canadá, colaborador de Estados Unidos en espacio desde la época del Shuttel. La composición de la tripulación refleja la arquitectura de colaboración internacional del programa. Europa aporta el módulo de servicio completo —propulsión, energía, soporte vital— a través de la ESA. Canadá contribuye con sistemas robóticos avanzados. Japón desarrolla módulos habitables y rovers presurizados. Artemis distribuye capacidades críticas entre socios que tienen que confiar unos en otros porque ninguno puede completar el programa solo.

Contribución de GMV: hardware, software y personas

Las misiones de espacio profundo son tanto operaciones y software como hardware visible. GMV participa en Artemis II desde varios ángulos que rara vez aparecen en crónicas de lanzamiento pero que determinan si una misión funciona bajo presión operacional.

Primero, trabajo con DLR en ingeniería de sistemas y subsistemas para el módulo de servicio europeo. Más de 20.000 litros de propelente, paneles solares que generan electricidad para dos hogares, sistemas de control térmico que mantienen componentes operacionales mientras una cara se expone al sol y la otra permanece en sombra. Cada requisito cuenta. Cada interfaz importa.

Segundo, la Anomaly Reporting Tool desarrollada por GMV específicamente para Artemis II. En vuelos tripulados, cuando algo falla, el tiempo de respuesta se mide en minutos. Los controladores necesitan entender qué ha fallado, qué sistemas están afectados, qué opciones tienen, y comunicarlo a la tripulación clara y rápidamente. Una herramienta bien diseñada puede marcar la diferencia entre un incidente manejable y una emergencia crítica.

Tercero, GMV se encargó de las Operations Support Tools que usará el equipo de control durante toda la misión. Planificación dinámica, gestión de recursos, coordinación entre segmentos de vuelo, monitorización de márgenes. Cuando Orion esté a cuatro días de distancia y algo comience a comportarse de forma inesperada, estas herramientas serán los ojos y las manos del equipo que intente resolver el problema desde Houston.

Cuarto, personal de GMV formará parte del equipo de control en tierra en tiempo real. Estar en la sala cuando se toman decisiones críticas bajo presión, cuando los datos no encajan con lo esperado, cuando un procedimiento no funciona y hay que improvisar dentro de márgenes estrechos. Esa experiencia operacional se traduce directamente en mejores diseños y procedimientos para misiones posteriores.

Quinto, el equipo de entrenamiento de GMV viajó a Houston para entrenar a los astronautas en el uso de Everywear, el único payload de la ESA que vuela en Artemis II. Fueron certificados para dar soporte operacional en tiempo real. Entrenar astronautas requiere entender no solo cómo funciona el hardware, sino cómo lo usará alguien bajo estrés, con guantes, con múltiples procedimientos compitiendo por su atención. La certificación para soporte en tiempo real significa que confían en ti para resolver problemas cuando no existe un manual de referencia.

Lo que viene después requiere más

Artemis II es un vuelo de verificación, no de exploración directa. El perfil incluye órbitas terrestres, impulso trans-lunar, sobrevuelo lunar sin alunizaje. Ese esquema permite confirmar que Orion puede sostener tripulación en espacio profundo, validar sistemas de soporte vital, comprobar comunicaciones y navegación con apoyo de la Deep Space Network. Todo esto antes del salto a Artemis III.

Artemis III va a necesitar capacidades distintas. Información precisa sobre dónde puede aterrizar de forma segura en el polo sur lunar. No imágenes orbitales de baja resolución: caracterización geotécnica del regolito, modelos de iluminación a escala métrica, mapas de recursos hídricos en cráteres permanentemente en sombra. Rovers de prospección. Sistemas ISRU que extraigan agua del suelo lunar y la conviertan en propelente. Plantas de energía que funcionen durante las largas noches polares. Cada elemento requerirá operaciones complejas, coordinación entre sistemas autónomos y tripulados, gestión de recursos in situ en condiciones extremas.

Gateway, la estación en órbita lunar prevista para misiones posteriores, se beneficiará de lo aprendido en este vuelo. Pero establece también precedentes de colaboración internacional críticos para bases lunares permanentes, misiones a Marte, infraestructura en cislunar. Los Artemis Accords cuentan ya con más de cincuenta países firmantes. Eso ocurre porque hay demostraciones tangibles de que la colaboración funciona, que las interfaces están claras, que los compromisos se cumplen.

Las herramientas y la experiencia que se desarrollan ahora para Artemis II son la base sobre la que se construirán capacidades más ambiciosas. Artemis no es Apollo. No se trata de llegar, plantar una bandera y volver. Se trata de establecer presencia sostenible.

La prueba decisiva

El Wet Dress Rehearsal va a determinar si todo lo aprendido en Artemis I — las fugas de hidrógeno, los problemas de carga criogénica, las revisiones de procedimiento — se ha traducido en un sistema listo para llevar tripulación. La ventana de lanzamiento se abre el 6 de febrero, pero esa fecha depende de que la prueba confirme lo esperado. También depende de condicionantes externos: la posición de la Luna para la trayectoria prevista y los requisitos de seguridad que obligan a una reentrada de Orion dentro de márgenes muy concretos para proteger el escudo térmico.

La cautela no es gratuita. Artemis II es la primera misión tripulada del programa y llega después de un desarrollo largo, marcado por revisiones técnicas y deslizamientos de calendario. Este tramo sirve para comprobar que las correcciones funcionan de forma consistente en un vehículo destinado a llevar personas a bordo.

Hace cincuenta y cuatro años, con el último Apollo, el 17, en el 1972, que ningún humano ha salido de órbita baja terrestre. Artemis II va a cambiar eso, aunque no incluya alunizaje. Va a demostrar que sabemos volver al espacio profundo, que podemos hacerlo de forma sostenible, y que esta vez la intención es quedarse.

Autora: Cristina Luna 

 

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