Por ella

Para conmemorar el 50 aniversario de la llegada del hombre a la luna, el departamento de Segmento Espacial y Robótica de GMV ha organizado un concurso de relatos relacionados con la exploración espacial.

Aquí os presentamos el relato ganador del concurso, escrito por Fernando Alemán Roda. Esperamos que os guste tanto como a nosotros.

Por ella

Ella es mi inspiración, me provee de la energía que necesito para seguir adelante, para no desfallecer después de tantos años de trabajo. A pesar de encontrarme en el momento decisivo de mi investigación, ahora que ya queda poco para saber si soy un demente o un genio, en estos instantes cruciales me acuerdo de ella más que nunca. Repaso los datos del instrumento secundario, el que logré incluir en la misión tras cientos de reuniones y promesas, y su cara se superpone a los gráficos que estoy analizando, con el gesto que esbozó cuando le dije lo que hacía en la universidad y ella exclamó entusiasmada: “¡Qué interesante! Me lo tienes que contar todo”. Llevábamos saliendo dos semanas y yo no había dado muchos detalles acerca de mis estudios. Consideraba un milagro que hubiera mostrado cierto interés por mí, con mi aspecto friqui y descuidado, y no quería que el hechizo incomprensible que la retenía a mi lado desapareciera al enterarse de que era un investigador de temas cercanos a la ciencia ficción. Sin embargo, la preciosa estudiante de Ciencias Políticas, desafiando las leyes que yo creía que aplicaban a aquellas chicas de las facultades del otro lado del campus, mostró el rostro luminoso que ahora veo sobre mis papeles. Y empecé a contarle acerca de mi doctorado, de cómo se podían detectar planetas fuera del Sistema Solar, de los cientos de planetas que ya se habían descubierto, de misiones más avanzadas que pretendían estudiar en detalle sus características. Fueron los mejores meses de mi vida, una supernova efímera en la oscuridad del espacio construida con besos, largos paseos, caricias, conversaciones profundas y muchísima complicidad. Un tema recurrente sobre el que fantaseábamos era cómo afectaría a la política mundial el descubrimiento de una civilización extraterrestre. Ella me animaba a pensar en medios científicos que permitieran averiguar si alguno de esos planetas albergaba, no sólo vida, sino algún tipo de organización social. Yo frenaba su locuacidad explicándole que aún no se sabía con certeza si en el Sistema Solar había algún tipo de vida, así que la dificultad de encontrar evidencias irrefutables de vida fuera de él era casi insalvable. Le hablé de emisiones electromagnéticas, del proyecto SETI, de atenuaciones de la señal con la distancia, pero ella seguía empeñada en azuzar mi intelecto, en empujarme hacia esa quimera de encontrar civilizaciones a años luz de aquí. Parecía inmune a las verdades científicas, como si nuestros axiomas estuvieran tan alejados de su carácter y de su formación como nuestra Tierra dista de aquellos mundos recién descubiertos.

 

Una tarde, al salir del laboratorio, recibí un escueto mensaje: “Mi madre se ha puesto enferma, tengo que volver a casa. Besos. Eva”. Y fue el último, porque horas después una llamada de su mejor amiga quebró mi alma. Eva había fallecido en un accidente de tráfico de camino al pueblo de sus padres, en la otra punta del país. Nunca me recuperé de ese tremendo golpe, y tardé bastante tiempo en reconducir mis pasos, en dar un nuevo sentido a mi existencia. Estaba convencido de que a ella le hubiera encantado que profundizara en esos retos casi imposibles que me planteaba, así que orienté mi doctorado hacia el arriesgado asunto de detectar signos de vida, preferiblemente inteligente, en exoplanetas. Me empleé a fondo en ello, incluso después de que mi tesis fuera leída. Daba igual que hubieran pasado cinco, diez, quince años de su muerte, la determinación con la que afrontaba mis investigaciones no flaqueaba. Conseguí que añadieran una pequeña carga de pago, diseñada por mí, en el observatorio espacial que la universidad iba a colocar orbitando alrededor del punto de Lagrange L2. La misión del observatorio era profundizar en el conocimiento de la composición geológica y atmosférica de los exoplanetas con posibilidades de albergar vida encontrados hasta la fecha; la misión de mi pequeño instrumento era la de analizar una parte muy concreta del espectro electromagnético en busca  de  rastros de vida inteligente.  Tuve que  arrastrarme  hasta despachos de políticos incompetentes, con la mejor de mis sonrisas, para convencerles de que mi idea era factible, que no estaba delirando. Tampoco me hizo falta mucha persuasión, porque la posibilidad de encontrar algún indicio de una sociedad avanzada era un argumento estupendo desde el punto de vista de márquetin. No tenían mucho que perder, salvo la calderilla que costaba el cacharro de mi invención. Distinto fue el recibimiento de mi iniciativa por mis colegas científicos. El menos ofensivo me llamó “payaso de la Astrofísica”. Me daba igual, lo hacía todo por ella, seguro de que habría estado orgullosa de mí.

 

Su rostro se desvanece y vuelvo a fijarme en las gráficas del último planeta rastreado por el observatorio, que está operativo desde hace ya quince meses. Los resultados han sido desoladores hasta la fecha y ahora no soy ni siquiera el hazmerreír del departamento. Me ignoran, he sido olvidado, dan por hecho mi fracaso más absoluto, vivo recluido en un mísero despacho al que se envían los productos generados por mi absurdo instrumento como se alimentaba con desechos a los presos de las mazmorras medievales. No sé si voy a poder resistir mucho más. Observo una anomalía en el espectro que me muestra la pantalla, coherente con otro artefacto aún inexplicado en los datos del instrumento principal. Con el corazón acelerado, uso por primera vez el algoritmo descifrador y espero a que haga su labor, a que dictamine si hay algún patrón inteligente en la señal anómala que se ha identificado. Lo que aparece ante mis ojos me hiela la sangre, un resultado que va infinitamente más allá de lo esperable. “Hola, Adam, soy Eva. Estaba convencida de que lo lograrías”. Sigo sin saber si soy un demente o un genio.

 

exploración espacial

 

Fernando Alemán Roda

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