Fracasos en la evolución de las aeronaves no tripuladas

Plane

Los inicios en la historia de la aeronáutica han estado plagados de incontables y estrepitosos fracasos. Fracasos que, gracias al análisis y al ingenio, fueron superados dando paso a multitud de progresos tecnológicos y consolidando al avión como el medio de transporte más seguro, algo difícil de imaginar en los albores de la aeronáutica.

La historia de las aeronaves no tripuladas, como no podía ser de otra forma, tampoco ha quedado exenta de todo tipo de vicisitudes, siendo necesario afrontar una gran variedad de dificultades y complejos problemas técnicos que se han ido resolviendo para dar lugar al estado actual de esta tecnología. Si bien las primeras aeronaves no tripuladas datan de hace más de un siglo, el desarrollo de este tipo de aeronaves se encuentra actualmente en pleno auge por las numerosas capacidades tecnológicas y aplicaciones que pueden tener asociadas. Los reveses acontecidos en el desarrollo de las aeronaves no tripuladas, sin duda, también han contribuido al nivel tecnológico del que disponemos hoy en día. A continuación, repasaremos algunos de los fracasos más relevantes y curiosos en el ámbito de las aeronaves no tripuladas.

En 1849, el Imperio Austríaco inició el ataque sobre Venecia, base de la República de San Marco, que había declarado su independencia. Para este ataque, el Imperio Austríaco planificó un bombardeo con globos aerostáticos no tripulados que portaban explosivos y metralla. Sin embargo, el viento cambiante en la región hizo que varios de esos globos acabaran volviendo a las líneas austriacas, llegando algunos a explotar sobre los propios atacantes.

Uno de los primeros vehículos aéreos no tripulados fue el Kettering Bug. Consistía en un biplano de dimensiones reducidas construido con madera. El Ejército de los Estados Unidos concibió este vehículo como un torpedo aéreo, con el objetivo de entrar en servicio en la Primera Guerra Mundial. El primer vuelo del Kettering Bug, que tuvo lugar en 1918, ya auguró las tremendas dificultades que habría que afrontar para alcanzar esa tarea: el avión se detuvo súbitamente y se estrelló poco después del despegue. De hecho, a pesar de algunos vuelos exitosos, este vehículo nunca llegó a entrar en combate.

En el año 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pensó lanzar aeronaves (B-17, B-24) repletas de explosivos, controladas de forma remota, hacia ciertos objetivos. Uno de los principales inconvenientes del sistema era la imposibilidad de realizar el despegue de forma segura mediante control remoto. Por tanto, al menos dos personas debían realizar el despegue y la maniobra de ascenso de forma manual. Tras este proceso, la tripulación debía activar la carga explosiva de la aeronave, ceder la aeronave habilitando el sistema de control remoto y finalmente lanzarse en paracaídas. Justamente en este complicado proceso falleció Joseph P. Kennedy Jr. (hermano mayor de quien unos años después se convirtió en presidente de EEUU, John F. Kennedy), al explotar la carga explosiva antes de abandonar la aeronave. Además de este incidente, a lo largo de este programa se sucedieron una gran cantidad de problemas relacionados con el control, dando lugar a la pérdida de numerosas aeronaves y vidas humanas.

En relación a las aeronaves de ala rotatoria, durante los años 50 y 60 del siglo pasado, se desarrolló en Estados Unidos un helicóptero ligero no tripulado con el objetivo de lanzar cargas nucleares o torpedos, el QH-50 DASH. Esta aeronave contaba con dos rotores principales contra-rotatorios para compensar el par motor. Además implementaba ciertos dispositivos electrónicos que constituyeron la principal causa de las pérdidas operacionales asociadas a este vehículo. Se llegaron a perder en el mar más de 300 QH-50 DASH de la Armada estadounidense. De hecho, el programa se llegó a conocer como “Splash-DASH-a-day[1]. A pesar de ello, hasta hace unos años, el Ejército de los Estados Unidos ha continuado operando algunos de estos vehículos para tareas de calibración de distintos sistemas electrónicos.

Recientemente se han producido otros fracasos más alejados de las gestas de los pioneros de la aeronáutica y de las heroicidades de guerra, pero que nos hacen ser conscientes de las dificultades técnicas, así como de la necesidad del avance tecnológico y de la definición de la regulación en el ámbito de las aeronaves no tripuladas.

En una demostración de vuelo de un dron militar para la Marina Portuguesa, en la que estaba presente el propio Ministro de Defensa portugués, se produjo un incidente durante el lanzamiento que quedó registrado en video por parte de los medios de comunicación convocados para el evento. La causa del accidente parece que residió en el procedimiento incorrecto del lanzamiento de la aeronave.

En los últimos meses, también ha sido sonado el accidente del prototipo de moto voladora desarrollado para las fuerzas policiales de Dubái. Si bien no se trata de una aeronave puramente no tripulada, cuenta con un alto grado de automatización (auto take-off, auto-landing…) y podría tomarse como un ejemplo de los primeros prototipos de aeronaves orientadas al concepto UAM (Urban Air Mobility), que seguro que será una tendencia en los próximos años.

Ya sea por la acción de las fuerzas de la naturaleza, por error humano o por la necesidad de mayores avances tecnológicos, lo cierto es que la existencia de fracasos en la historia de la industria aeronáutica es algo inherente a ella. Estas dificultades contribuyen al avance y al desarrollo de las aeronaves no tripuladas, cuyas diversas posibilidades y aplicaciones aportarán (de hecho ya lo hacen) multitud de ventajas a la vida ordinaria en un futuro, quizás no tan lejano. El fracaso es prácticamente inevitable en entornos tan complejos como el aeronáutico; lo importante es aprender de ello para mejorar los procesos, minimizar riesgos y fundamentalmente para progresar.

Autor: Carlos Molina Delgado

[1] Se podría traducir al castellano, tomando ciertas licencias, como “chapuzón de un día”.

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